Centro oncológico

Mi vida como hipocondriaco

Los que no padecen mi trastorno se lo toman a broma. Me dicen que soy como Woody Allen, como si fuera gracioso. Lo que hace este director en sus películas es tratar de ironizar sobre su trastorno, una especie de terapia, pero estoy más que seguro de que en la vida real su hipocondría no depara situaciones tan hilarantes.

Tampoco es que la mayoría de los médicos me hagan mucho caso. Un hipocondriaco es como una china en un zapato: te ven entrar en la consulta y ya no te escuchan porque suponen que lo que les vas a contar es otra cantinela. “Me duele aquí mucho”, “sí, sí, tómate 1 paracetamol cada 8 horas”.

Uno de los peores amigos del hipocondriaco es Google. Antes de internet, estaba la enciclopedia médica, que era el lugar donde los dolores más o menos reales se convertían en indudables tumores malignos. Pero la enciclopedia tiene información filtrada y escrita, se supone, por profesionales. En Google hay de todo, como sabemos, pero sobre todo hay mucha opinión y poca certeza.

Cuando el otro día empecé a notar molestias abdominales y me metí en la red a indagar llegué a la conclusión de que tenía  cancer de recto y ano. En una web de mucho prestigio aparecían los síntomas, y yo tenía como 5 de 7 o algo así. No había duda. Para mí todo lo que sea más del 50% de los síntomas es que padezco esa enfermedad.

Cuando lo comenté con un amigo de confianza me intento tranquilizar: “¿pero cuánta gente tiene indigestiones o debilitamiento general?”. Eso no es suficiente para considerar que una persona tenga cancer de recto y ano, dijo. Bueno, evidentemente tiene razón, pero yo seguí en mis trece y fui a ver a un especialista… que no me conocía de nada, así que me tomó en serio.

Ha pedido que me hagan algunas pruebas y ahora estoy a la espera. Pero es que en este impase de tiempo he empezado a notar un zumbido en los oídos y me he estado convenciendo de que ahí hay otro tumor. A este ritmo se me agotan los especialistas de la ciudad.